Vietnam… nueve semanas y media.


Ni siquiera tengo un color favorito, así que elegir un país es totalmente imposible para mí, pero puedo decir que durante más de dos meses Vietnam no ha dejado de impresionarme, y el éxito se debe, además de a los impresionantes paisajes y riqueza histórica, a la gente que he tenido la suerte de encontrarme por el camino, tanto locales como viajeros; el país que cambió el traje de camuflaje por el Ao Dai y las metralletas por sonrisas.

Desde que llegué a Hochimin, tuve un feeling muy especial, y a lo largo de los días fue a más.
Hochimin es una ciudad con muchísima personalidad, en la que se mezclan vestigios de guerra, zonas de lo más modernas y cosmopolitas, con distritos de los más pintorescos, y es que es mucho más que el distrito 1, en el que todos nos alojamos…tienes veintitantos más para elegir. Después de las visitas obligadas al Museo de los vestigios de la Guerra, Notre Dame, el Palacio de la Reunificación, Oficina de Correos,… me dediqué a conocer lo que realmente hace a las ciudades interesantes, sus habitantes. Allí tuve la oportunidad de hacer un intercambio con una escuela en el que conocí a unas chicas encantadoras, con las que durante los días siguientes seguía quedando para cenar y conocer lo mas auténtico de la ciudad. Me llevo nuevas amigas y un precioso recuerdo de esta caótica ciudad. Aquí conocí a Lena, una chica alemana que acababa de llegar a Vietnam y seguimos el viaje juntas.


Desde allí nos fuimos a Can Tho, un pequeño pueblecito en el Delta del Mekong, donde contemplé un amanecer muy especial recorriendo los mercados flotantes de Cai Rang y Phong Dien, además de una ruta gastronómica exquisita y paseos superelajantes .

Como se acercaba la navidad, y quería pasarla en la playa, soy un poquito Grinch…pero en la playita mola un poco más, nos fuimos a Phu Quoc, y aunque no es una de las islas asiáticas más paradisiacas, me regaló unos atardeceres espectaculares en Long
Beach,  días de relax en Bai Sao y escenas muy bonitas mientras recorríamos el norte en moto para llegar a sus inaccesibles playas, además tengo que reconocer que pasar el 25 en la playita tomando cañas mientras recibía felicitaciones de los colegas y familiares con el abrigo puesto fue todo un gustazo.

Allí extendimos la estancia hasta irnos otra vez a la playa a Mui Ne a celebrar el año nuevo. En Malasia conocí a una pareja de españoles, Ines y Christian de randomtrip. es, que justo habían iniciado la misma aventura el mismo día que lo hice yo, y quedamos allí para despedir el año tirados en la playita tomando el sol con unas Saigon Beer fresquitas. Mui Ne, para mí es muy prescindible, playas sin mucho encanto, aún así nosotros estuvimos de lujo disfrutando del solecito en diciembre.

Al día siguiente con un  resacón de muerte, empezamos el año como hay que empezarlo, nos fuimos a visitar las famosas Dunas rojas y blancas, y desde allí salimos hacia Dalat.

Después de tantos días de playas, lógicamente atiborradas de guiris, Vietnam empezó a perder fuerza, me estaba alejando de ese país tan auténtico que había empezado a conocer, pero un tour por las zonas más escondidas visitando minorías étnicas a las que raramente llegan los turistas y conociendo parte de la historia del país de primera mano me dio de nuevo un subidón increíble. Ese día lo recordaré sin duda como uno de los más especiales de este viaje, y el abrazo con el que me despidió la abuela, después de gastarle una broma que el guía me dijo en su dialecto, siempre lo sentiré. (No hay fotos porque no se podían hacer, eso hace aún más auténtica la vivencia, sin perder ni un solo segundo  en enfocar).

En Dalat tuvimos una entrada muy especial y fué el comienzo de otra etapa del viaje increíble. Desde allí salimos en moto con destino a Hoi An, recorriendo más de 700 kilómetros en cinco días por las Central Highlands,  atravesando paisajes que te dejaban sin aliento, visitando minorías étnicas, sitios emblemáticos  de la dura Guerra,  granjas, … y por supuesto disfrutando de una gastronomía riquísima acompañada  por nuestras cañitas y momentazos de risas y diversión.

Después de cinco días viviendo esta maravillosa experiencia, llegamos a Hoi An con una sensación agridulce, por un lado necesitábamos un poco de relax y descanso, pero por otro nos costaba despedirnos de nuestros guías y conductores, Mr. Dragon, Boss y Mesi, con los que habíamos pasado tan buenos momentos.

Hoi An es una de las visitas obligadas de Vietnam, y nada más llegar es más que obvio, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, una preciosa ciudad ribereña con shophouses convertidas en sastrerías y coquetos restaurantes, salpicada de templos chinos, e iluminada por farolillos. Tuvimos la suerte de pasar la luna llena allí, noche en la que se celebra el Lantern Festival, en el que toda la ciudad apaga las luces y queda iluminada sólo por la cálida y colorida luz de los faroles. Punto débil: es un horror la de guiris que hay por todos lados, punto fuerte: si recorres sólo dos kilómetros es un remanso de paz, con preciosos arrozales, una vida sosegada e incluso playa.

El próximo destino fue Hué, ciudad imperial, famosa por su impresionante ciudadela. Aquí pasamos unos días visitando en bici las tumbas de los emperadores, Ho Thuy Tien, el ahora famoso parque acuático avandonado y disfrutando de una gastronomía exquisita; sí, encontré algo muy parecido a los chicharrones gaditanos, un cerdo hecho a la brasa que estaba para morirse.

 

Desde Hué , los chicos de randomtrip.es siguieron su ruta hacia el norte y yo continué hacia Ninh Bin. En Tam Coc, pasé unos días de verdadero lujo, una pequeña población con paisajes increíbles en el que las montañas kársticas se mezclan con los verdes campos de arroz en la ribera del río Ngo Dong, en el que puedes navegar en una pequeña embarcación de madera a remos y pasar por cuevas entre las montañas que apenas tienen la altura de la barca, disfrutar de unas vistas impresionantes desde la cima de Hang Múa después de subir 500 escalones de piedra o visitar la espectacular pagoda de Bai Dinh. De Tam Coc me costó irme, el hostel era idílico, con vistas al río y un personal encantador, pero se acercaba el año nuevo chino y tenía que celebrarlo con los chicos de randomtrip.es en Hanoi. Así que me pillé un autobús y rumbo a la capital a celebrar el famoso Tet.

En Hanoi me alojé en casa de una familia encantadora que me habían recomendado unos colegas viajeros que habían estado allí el año pasado, y sí, fue todo un acierto, la hospitalidad de los vietnamitas es algo excepcional. Hanoi no ha sido precisamente lo que más gustó de Vietnam, aunque también es una ciudad muy especial, cargada de historia,  bulliciosa, llena de templos, bares, cafeterías… es un espectáculo sentarte en cualquier rinconcito a ver la vida pasar: motos con  6 pasajeros, cargadas con tipo de mercancías, vendedoras ambulantes y guiris, muchísimos guiris por todas partes.

Llevaba casi dos meses en Vietnam y ya me estaba cansando, el caótico Hanoi me agotó. Pero me quedaba uno de los platos fuertes: Halong Bay. Como tenía tiempo, me fuí a la isla de Catba, un lugar aunque pequeñito, encantador , donde pasé varios días disfrutando de paseos en moto, playita, puestas de sol espectaculares y por supuesto el paseíto en barco para disfrutar de una de las maravillas naturales del mundo, la Bahía de Halong.

Y aunque no me apetecía demasiado pasar frío,  sentía la necesidad de visitar Sapa, había leído mucho al respecto y no todo era bueno, pero me llamaba mucho la atención y quería tener mi propia opinión. Fueron unos días mágicos en Lao Chai , donde me alojé con una familia Hmong que me robó el corazón. Sapa tiene unos paisajes increíbles, verdes colinas de arrozales que se difuminan por la bruma, pero sin lugar a dudas lo realmente impresionante es conocer a la etnia que habita en sus montañas, ver cómo transcurre la vida allí, en donde los niños corretean por las montañas, cabalgan búfalos, y sobre todo juegan y ríen, ríen sin parar; en donde las mujeres trabajan durísimo en el campo y en  las casas, en poblados autosuficientes en los que a base de arroz, cerdo y alguna verdura (entre ellas flores) se disfrutan de exquisitas comidas alrededor de la lumbre de la leña de la cocina… Un sitio que me hizo reflexionar mucho, pero sobre todo me regaló los abrazos y las sonrisas más bonitas que te puedes llevar.

De Sapa volví a Hanoi para preparar el viaje a Laos, pero otra vez más Vietnam me enganchó, vi una foto de Mau Chai y no me pude resistir a ir. De nuevo un triunfo, es una  zona rural increíble, en el que habitan varias minorías étnicas y adonde no llegan a penas turistas. Es un remanso de paz con paisajes verdes increíbles y una gente encantadora, no pude elegir un broche mejor para cerrar estas nueve semanas y media.

Càm ón Vietnam por enseñarme tanto, no sólo a nivel cultural, más aun a nivel humano, por ofrecerme cañas a 20 céntimos de euros, por dejarme degustar uno de los cafés más sabrosos del mundo, por regalarme amigos y por  hacerme disfrutar de nueve semanas y medias más emocionantes que la famosa película.

 

 

 

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