Sri Lanka: the wonder of Asia…yo también la hice en tuk tuk.


 

Llegué a Sri Lanka por pura casualidad. Había conocido a dos parejas españolas durante el viaje y las dos coincidían en que era un país muy especial. Después de casi seis meses recorriendo el sudeste asiático y tras la mala experiencia que tuve en Laos, me apetecía un cambio de aires, y Sri Lanka parecía ser el destino perfecto, y así fue. Ha sido el país con más encanto que he visitado, nunca pensé que un país de tan reducidas dimensiones pudiera ofrecerme tanto a todos los niveles: paisajístico, espiritual, gastronómico y sobre todo humano.
Aterricé en Colombo, y aunque no es precisamente lo más bonito del país, me quedé un par de días para conocer la capital y tomar un primer contacto, además necesitaba informarme un poco y organizar mi estancia en “la lágrima de la India”.
Colombo , es una ciudad caótica, con muchísimo tráfico y no demasiado encanto, aunque nada más llegar hay una cosa que te enamora, su gente.
Me dediqué a visitar la ciudad: el Museo Nacional, bastante interesante sobre todo si llegas sin mucha información como lo hice yo, pasear por el barrio de Pettah, el barrio más auténtico justo al lado de la emblemática estación de trenes Fort, el Templo Isipathanaramaya, uno de los templos budistas más bonitos que he visitado y a contemplar la primera puesta de sol sobre el Índico en Galle Face beach, un lugar muy especial en el que se reúnen los locales para volar sus cometas, tomar un baño mientras oran y realizan sus ofrendas o simplemente comer algo en alguno de los numerosos puestos callejeros.

Atardecer en Galle Face Beach
Atardecer en Galle Face Beach

Templo Isipathanaramaya

Templo Isapathanaramaya
Desde allí decidí irme una semana a un campamento de yoga y surf en  Ahangama , y aunque a mi presupuesto mochilero no le vino muy bien, a mí me vino de lujo; una semana de relax y desintoxicación, practicando deporte a diario, que aunque sea juerguista-deportista, ya lo necesitaba. Y sí, ¡mejoré un poquito cogiendo olitas! y también descubrí que había cambiado mucho mi forma de viajar, aún estando en el sitio más lujoso en le que había estado durante los últimos seis meses, tenía unas ganas locas de que terminara la semana, colgarme mi mochila y empezar a descubrir la antigua Ceylon.

Con este buen rollo nos trasladábamos a la playita a surfear
Después de mucho pensarlo, me alquilé un tuk tuk para recorrer la isla el resto de los días que me quedaban, de nuevo no era la opción más económica, ya que si hay algo realmente barato en Sri Lanka es el transporte, pero fue una de las mejores experiencias que he vivido durante estos meses viajando; es poco habitual ver a un extranjero conducir un tuk tuk, y siendo mujer y sola era toda una atracción: la policía me paraba casi a diario, motivados más por la curiosidad que por la normativa, en cada parada para tomar algo o repostar, no podían evitar acercarse a preguntarme qué hacía allí sola y conduciendo,  si me paraba un segundo a consultar el mapa, al instante tenia a alguien a mi lado ofreciéndome su ayuda.

El primer día fue acojonante: no tenía ni idea de cómo manejar ese trasto…aunque “Paco”, con más paciencia que un santo, me enseñó y después de un pasar un ratito practicando, y como buen cingalés moviendo la cabeza con ese movimiento que no sabes si están asintiendo o condenándote a muerte, finalmente me entregó las llaves de mi burrita. 

Paco, muy orgulloso de sus dotes como profesor de autoescuela.
Preparada para disfrutar de algo más de dos semanas al más puro estilo asiático, me dirijí a Galle, una ciudad con muchísimo encanto. El Fuerte de Galle, me recordó mucho a mi tierra, sus murallas, el faro, sus casas coloniales convertidas ahora en  coquetas tiendas y  cafeterías… me encantaría enseñaros alguna foto pero las he perdido.

Siguieron más dias de playa y buen rollo en Unawuta , Mirissa y Tangalle. Ya este país me tenía totalmente enganchada: sus paisajes costeros mientras conducía,  en los que se mezclaban los verdes más intensos de los cocoteros y bananos con un azul espectacular del mar, en los que acontecía el día a día de sus hospitalarios y adorables habitantes, una gastronomía aunque muy sencilla exquisita (aquí me enganché al picante), cientos de dagodas e imágenes de Buda por cada rincón… 

Típicos pescadores en Ahangama

Playeo Tuktukero
Saciada mi sed de mar y playita, comencé a ascender en busca de las ciudades históricas y adentrarme en la cultura cingalesa. La primera parada fue Kataragama, una de las ciudades más importantes de peregrinación del país, para budistas, hinduístas e indígenas Veddas. Ahí viví uno de los momentos mas mágicos, al atardecer tanto en el templo hindú que venera a la deidad Kataragama como en la Dagoda Kiri Vehera, mientras los fieles realizaban sus ceremonias. Entre el fervor y devoción del momento te sonríen, posan para tus fotos e incluso te invitan a participar en sus rituales. Sonido de tambores, campanas, humo, incienso, oraciones… No soy religiosa, pero os puedo afirmar que salí de allí con una paz increíble.

Kapruka, ceremonia en el se realiza la ofrenda de la bandera busdista con la que se cubre la estupa.

Al día siguiente me dirigí a Ella. La distancia era un poco más que la que solía hacer habitualmente y la carretera era una autovía sin mucha vida, por lo que se me estaba haciendo de lo más pesado. Mientras conducía las señales de tráfico que me encontraba eran: precaución elefantes, precaución lagartos (unos lagartos enormes de la familia del famoso dragón de komodo) … Lo de los lagartos me lo creí, porque están por todas partes, pero encontrarme un elefante en medio de la carretera me parecía muy poco probable, hasta que al girar en una curva voilá, ahí estaba ese enorme y precioso animal esperándome. Otro de esos momentazos que nunca olvidaré.

Ella es una ciudad muy prescindible para mí, a menos que quieras coger el tren allí.  Aún así, en cada ciudad que paras hay maravillas ocultas, como el Nine Arch Bridge, un puente de 30 metros de altura, construido sólo con piedras, ladrillo  y cemento sobre el que pasa el tren, o el Templo Ravana, una pequeña maravilla cavada en una roca.

Nine Arch Bridge
En Ella dejé el tuk tuk, ya que quería hacer el emblemático trayecto en tren  hasta Kandy, en el que una vieja locomotora serpentea las hermosas montañas cubiertas por un verde manto de té a través de la región de  Nuwara Eliya.

Al llegar a Kandy me estaba esperando el conductor que había conducido el tuk tuk hacia allí. Kandy es otra de las ciudades más veneradas del país, el templo Sri Dalada Maligawa guarda una de las reliquias más valiosas: el diente de Buda, que según cuenta la leyenda una princesa trajo desde India camuflado entre sus cabellos.El diente está metido dentro unas cajitas y sólo se puede ver tres  veces al día (las cajitas, claro) durante las ceremonias en las que se muestra para que los fieles hagan sus ofrendas. El sitio es maravilloso, ademas del misticismo que lo envuelve, forma parte de un complejo en torno al lago de Kandy en el que se encuentran varios museos, entre ellos el Museo Internacional del Budismo. Después de una calurosa mañana decidimos dar un paseo por Udawala Kele Sanctuary, un pequeño bosque en el habitan algunos animalejos, un lugar perfecto para huir del bochorno de la ciudad.

Diente de Buda

Sri Dalada Maligawa
Al siguiente día la ruta nos llevaría a Sigiriya, Silvia de http://www.mundokoanga.com, se unía a la aventura durante un par de días. Paramos en Dambulla para visitar el Templo de la Cueva de Dambulla y el  Templo de Oro, un complejo de cuevas preciosas tallas y frescos  en su interior , verdaderamente espectacular.

Cueva de Dambulla

Cueva de Dambulla
Cueva de Dambulla

Golden Temple
Legamos a Sigiriya, en donde se encuentra la famosa Roca del León, un yacimiento arqueológico ya habitado dese la prehistoria, en el que en su día hubo una monasterio sobre ella y posteriormente un palacio fortaleza.

Sigiriya Rock

Acceso a la roca

Restos del palacio sobre la roca
Yo continué hacia Polonnaruwa, otras de la antiguas capitales de los reyes cingaleses, para seguir visitando el Triángulo histórico. Aunque el acceso al zona monumental  de estas ciudades exige el pago de una entrada, y no simbólica precisamente (rondan los 30 dólares) esta ciudad para mi merece la pena su visita. El recinto está muy bien cuidado y la visita es realmente bonita, puedes pasar el día allí paseando entre impresionantes  ruinas de los siglos XI-XIII dispersas en zonas ajardinadas, y  disfrutar de las famosas imágenes de los Budas de Gal Vihara, tres grandes budas esculpidos en una pared rocosa.

Gal Vihara ( Nirvana)

Gal Vihara ( Iluminación)

Gal Vihara (Meditación)

Polonnaruwa
Me pensé si llegar hasta Unaradhapura, me quedaban pocos días y la visita me alejaba más de mi destino final, pero al final decidí ir, aunque no disponía de mucho tiempo para dedicarle , no me podía ir sin visitar Sri Maja Bodhi, el famoso árbol que nació de un esqueje del árbol bodhi en el que alcanzó la iluminación Buda en India, y disfrutar de nuevo de una mágica puesta de sol en el templo Ruwanweliseya, un lugar sagrado de más de 2.000 años de antigüedad.

Sri Maja Bodhi

Ruwanweliseya
Desde allí salí hacia el sur, me quedaban sólo tres días y tenía que llegar hasta Negombo para entregar el tuk tuk y coger el vuelo de salida.

De camino paré en Kurunegala, se avecinaba una tormenta, así que decidí pasar la noche allí. La decisión no pudo ser más acertada, me alojé en la guesthouse de Mangala, un actor cingalés retirado, con el que pasé la tarde viendo fotos de su trayectoria cinematográfica y tomando te mientras afuera diluviaba. Al siguiente día me preparó un delicioso desayuno y junto a su hermana Nayana nos fuimos a visitar la ciudad mientras yo conducía el tuk tuk;  la verdad es que no se si se lo pasaron mejor ellos o yo… Fuimos a visitar el majestuoso Buda Ethagala, situado sobre una colina con unas vistas impresionantes de la ciudad, un pequeño templo en ruinas que albergaba unas figuras talladas en una roca preciosas y dimos una vuelta por el Lago de Kurunegala, haciéndonos fotos y comiendo helados como tres amigos una mañana de sábado en su ciudad.

Ethagala

Mangala y Nayana realizando sis ofrendas en el pequeño templo
Continué hacia Negombo, donde terminaría este precioso viaje; allí tenía que devolver mi burrita  y coger el vuelo al siguiente día. Negombo es un pequeño pueblo costero, con una playita aceptable en el que todos empezamos o terminamos la estancia para visitar el país, por su proximidad al aeropuerto. Este pueblo es católico, y lo que más me impactó, es que al igual que en el resto del recorrido me iba encontrando imágenes de Buda o Ganesha por cada rincón, al ir aproximándome se convertían en coloridas imágenes de la Piedad o santos…aunque la espiritualidad se respira de igual manera, a diario las iglesias de llenan de fieles para acudir a misa, desde las que se oyen su rezos y cantos con el mismo fervor.

Negombo

Preciosos catamaranes en las playas de Negombo
Istuti Sri Lanka, no puedo guardar un recuerdo más hermoso de un país. Yo no soy de las personas que creen que has de volver a los lugares en los que fuiste feliz, pero aquí estoy segura de que volveré.

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