Sapa…se quedó un trocito de mi corazón.


Llevaba viajando por Vietnam dos meses. He de decir que me tiene enganchada y me está ofreciendo las mejores experiencias que he vivido viajando, pero después de tantos días tengo que reconocer que me cansó. Creo que la llegada a Hanoi, con todo cerrado por la celebración de Tet y el hecho de tener que esperar unos días hasta recibir una documentación de España, de verme condicionada a alargar la estancia aquí sin motivo alguno suscitaron en mí unas ganas locas de salir volando. Y sí,  estuve a punto de perderme una de las experiencias más increíbles hasta ahora. Me fui a Cat Ba para visitar la Bahia de Halong y alargué allí unos días, porque el sitio era maravilloso, aún así después de hacer la visita  tampoco había mucho que hacer, así que Sapa era uno de los platos fuertes que tenía pendiente. Me daba muchísima pereza por el frío, no llevo ropa de abrigo y hacía un frío de morirte, para ir ligerita de ropa claro. Había leído comentarios muy negativos: que ya no era nada auténtico, que estaba invadido por el turismo… el mayor atractivo es hacer un trekking y yo no lo iba a hacer, así que se me quitaron las pocas ganas que tenía de ir. Pero como la documentación aún no había llegado y en Cat Ba tampoco lucía el sol como para pegarte allí los días de playita me pillé un bus, bueno,  un bus, un barco, otro bus y otro bus más y llegué a Sapa. Al llegar allí a las tres de la mañana, el autobús permaneció cerrado y nos dejaron allí durmiendo hasta las seis de la mañana, hora en la que abre las puertas y salimos todos los guiris medio zombies.

 

Nada más bajarme del autobús, la sensación fue de esas veces que dices, esto va a molar. A la llegada estaba un grupo de mujeres Hmong, ataviadas con su traje tradicional para ofrecernos un tekking, pero  no con el acoso en el que es habitual en estos países, si le decías que no se marchaban regalándote una sonrisa. Yo había quedado con Chi, una de las guías, para que me buscara alojamiento y me ensañara algo de la comunidad sin hacer el famoso trekking, y allí estuvo ella puntual a nuestra cita para recogerme. Dejamos la mochila en el mercado, para dar una vuelta por el pueblo, y sí, tengo que reconocer que no tiene ningún encanto. Un pueblo pequeñito de montaña en el que ahora todo son bares y hoteles. Tras la vuelta de reconocimiento, nos recogieron en moto y nos fuimos a Lao Chai, uno de los pueblos que se incluyen en las caminatas. Durante el trayecto la vistas eran impresionantes, colinas con campos de arroz salpicadas con el color de las vistosas vestimentas de su gente. Hicimos un pequeño recorrido a pie y ahí ya me cautivó, a la vez que me desgarró el alma. En el camino nos encontramos a un peque de unos tres añitos, descalzo con un paquete de chuchería en una mano y en otra un billete, andando solo por el carril como por el pasillo de su casa. Chi lo cogió de la mano y lo acompañó a hasta su casa, que nos pillaba de camino; la entrada de su casa era un riachuelo al borde de la montaña, y ahí se quedó él tan feliz con sus chuches y los piececillos metidos en el agua para entrar.

Al llegar a su casa, me recibió la familia con las mejores de sus sonrisas, y aunque hablan su propio dialecto, todos saben decir “Where are you from?” dando comienzo a una conversación a través de gestos y miradas. Poco a poco fueron llegando las cuñadas para saludarme y sentarse allí conmigo para charlar a nuestra manera, y los sobrinos para arrancarme una sonrisa y jugar. La situación fue un poco rara, me sentí incómoda, y no fue precisamente por falta de hospitalidad, pero tal vez había dado con eso tan auténtico que iba buscando y no estaba preparada para ello… Me impactó muchísimo ver las condiciones en las que vivían; casas de madera en una de las zonas más frías de Vietnam con apenas unos banquitos, una mesa y una cama de madera separada por cortinas que hacían la veces de habitación , sin agua corriente; gallinas, perros y niños correteando por ella…

Fuimos al mercado a hacer la compra para comer, una tiendecita en la que apenas había cinco kilos entre carne y verdura. Volvimos a casa y ahí empezó la magia. Se pusieron manos a la obra y con cuatro patatas y un trocito de carne, prepararon una comida deliciosa, que compartimos entre no sé cuantas personas, sentados en pequeños taburetes de madera, pegaditos a la brasa que aún quedaba de la leña de la cocina. No puedo enumerar la de veces que me dijeron que comiera más…

 

Después nos fuimos a casa de una cuñada que estaba justo al lado, una chica con 30 años y seis hijos, y allí estaba feliz dándole a la zoleta recogiendo patatas, mientras uno de los pequeños jugueteaba entre el campo con una espada de madera. Al poco tiempo éramos un equipo, unos sacaban las patatas y el peque y yo las íbamos echando en un cesto entre bromas y carcajadas. Cuando terminamos la faena, rápidamente cocieron unas cuantas para que las probara y de nuevo brillaba generosidad por todos lados, todo el que llegaba se sentaba en un banquito alrededor de la leña y se comía su patata.

Tras la visita nos fuimos a la casa en la que iba a dormir, y para mí que no quería hacer un trekking, el camino a la casa fue uno y de los duros…una casita encima de una colina con unas vistas impresionantes sobre los arrozales. De nuevo ahí sentí esa sensación de no estar donde deseaba, lo primero, y por triste que parezca, que pensé es que por el dinero que había pagado, me esperaba algo mejor. Por suerte al poco tiempo me dí cuenta de que no había dinero suficiente en el mundo para pagar el calor de esa familia.

La casa era un remanso de paz, hasta que terminó el cole y empezaron a llegar todos los peques. Al principio me saludaban con una mirada tímida, y se largaban, pero al poco volvían con una sonrisa, hasta que perdían la timidez y todo eran risas y bromas.

Pronto se encendió la leña y nos reunimos alrededor para cenar, una llama que en mí nunca se va apagar.

He disfrutado de deliciosas comidas hechas a base de arroz, de su propia cosecha, y mucho amor; he cantado, creo que por segunda vez en mi vida, porque no canto ni el cumpleaños feliz;  he hecho el trekking más bonito que se puede hacer por Sapa, acompañada por seis niños para visitar a su abuela en una casita en  lo alto de la colina, riéndonos, bromeando, regalándome flores por el camino,…, he paseado con la madre de la guía durante un día enseñándome rincones preciosos y volviéndome a dar muchas lecciones de humanidad; he vivido días que me han hecho reflexionar mucho, en los que he vencido miedos, en los que he aprendido muchísimo sobre generosidad, cariño, inocencia y muchos otros valores que por desgracia ya me costaba recordar.

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