Filipinas….entre el paraíso y el infierno


Me encanta la playa, la mar, bucear, hacer surf…así que el mes que iba a pasar en Filipinas pintaba muy bien, además siete meses después de salir de casa me iba a encontrar con unos amigos que venían de España, y como debe ser, venían cargados de deliciosas viandas de la tierra.

Llegué a Manila por la noche, después de muchas horas de vuelo y largas esperas para las conexiones desde Sri Lanka. Me dio muy buen rollo, a pesar de llegar casi de madrugada, en el hostel me recibieron con las mejores de sus sonrisas; me acosté y a las pocas horas volvía a sonar el despertador para continuar el viaje. En unos minutos en el hostel me habían impreso la documentación que necesitaba para coger el ferry, me llevaron en su propio coche a desayunar y me buscaron un coche para llegar al puerto. Desde el minuto 1 quedó latente la generosidad del pueblo filipino.

Aun medio dormida cogí el barco que llevaría hasta Coron; me esperaban 15 horas de travesía y no precisamente a bordo de un lujoso transoceánico. Como ser previsora no es una de mis virtudes, cuando compré el billete sólo quedaban literas en clase turista, que son no se cuántas camas en una cubierta al aire libre ( sí, ese es el aire acondicionado). Aún así la experiencia fue de lo más gratificante, aun habiendo mas de 150 personas allí pasando todo el día y parte de la noche, no se escuchaban ni siquiera a los más pequeños. Los compañeros más próximos a mi cama, me sonreían, chapurreábamos en inglés y compartíamos los aperitivos que llevábamos cada uno, eso durante el tiempo que estuve despierta, que creo que fueron 3 o 4 horas … 

Crucerito de 15 horas hasta Coron

LLegué a Corón a las 5 de la mañana, y fue como la llegada a casa. Había escrito al hostel comentando mi hora de llegada y me dijeron que estaban completos, pero podría descansar en el sofá mientras mi habitación se quedaba disponible; así que cuando llegué, como todo el mundo dormía, solté la mochila y me acosté en el sofá a esperar a que amaneciera. 

Estaba ansiosa por empezar a descubrir esas maravillosas playas de aguas turquesas que nos enseñan en las fotos, pero el pueblo carece de playa, así que si quieres ir a una, te tienes que alquilar una moto o pillar un tuktuk, que por el “módico”  precio de 10 dólares te lleva a la playita, y aunque no sea la playa más idílica que te vayas a encontrar en Filipinas, cuando vas subiendo y viendo las montañas cársticas bañadas por esas aguas turquesas, ya te vas haciendo una idea de lo que te espera los siguientes días. Después de disfrutar del día da playa, me fui a buscar esa famosa puesta de sol tan espectacular de Filipinas,  y sí, esta vez si la encontré a la primera, un espectacular cielo naranja hacía de manta al sol decadente sobre el mar repleto de barquitas y pescadores que volvían de la faena.

Atardecer en el puerto de Corón

A la mañana siguiente empezaba el primer Island hopping, una ruta en barco que te lleva a distintas playitas y lagunas, y ahí es donde empiezas a ver esas imágenes idílicas, de las que yo por cierto no tengo ni una foto que le haga justicia…

Corón

Otra de las maravillas es poder bucear y ver los 15 pecios japoneses hundidos por cazas norteamericanos en su bahía, ademas de arrecifes llenos de corales y una gran variedad de vida submarina.

Uno de los pecios sumerjidos

Desde Corón me esperaba otra larga travesía para llegar a Puerto Princesa, la capital de la famosa isla Palawan. Es una ciudad muy prescindible, además llegué en semana santa, y al ser un país católico, todo estaba cerrado. Al día siguiente salí hacia Sabang, un pequeño pueblo en el que está el famoso río subterráneo, una de las maravillas naturales del mundo, que yo personalmente no visité; es el más largo del mundo, pero yo ya había visitado en Laos el lago Kong Lor, que tiene solo 500 metros menos y para mí ya era suficiente. En Sabang pasé 5 días disfrutando de la playa y la calma. Llegan hordas de turistas cada día, pero normalmente visitan el famoso río y se marchan, así que aunque la playa no es la mejor del mundo y hay olas (no para surfear…), es un sitio espectacular para descansar. 

Salang Beach

La siguiente parada la hice en Port Barton, había escuchado hablar maravillas de este lugar y la verdad es que es un sitio de esos que te atrapa. El pueblo tiene apenas cuatro calles y una playita que está bien pero tampoco es para gritar…aunque tiene mucha magia, sólo hay corriente eléctrica a partir de las 6 de la tarde, así que en la paz reina de manera obligatoria, a veces se agradece sentarte en un chiringuito en la playa en el que el único sonido que se oiga sea el sonido del mar. Es mucho más barato que El Nido, en todos los sentidos, se come bien, la gente es maravillosa y en la playa solo oyes a los niños jugar y saludarte cuando pasas por su lado; además de tener unas espectaculares puestas de sol. Otra opción es caminar o alquilar un kayac o un paddel hasta White Beach y Coco Beach, playas de aguas cristalinas rodeadas de palmeras, o remar hasta Starfish Island, una pequeña islita rodeada de estrellas de mar.

Port Barton
Starfish Island
Coco Beach
White Beach

Pero el paraíso poco a poco se fue convirtiendo en un infierno; una mañana empecé a expectorar con un poco de sangre, y como no cesó, decidí ir al médico. Después de llamar al seguro, gracias http://www.iatiseguros.com, me organizaron todo para ir a un hospital privado en Puerto Princesa, ya que era el único adonde me podían atender en el momento y hacerme una placa de tórax. Ahí experimenté una de las noches más duras de mi vida, además del miedo que llevaba en el cuerpo por la incertidumbre de qué me estaba ocurriendo, llegué como a la una de la madrugada a urgencias y el panorama era desolador…goteros, sangre, curas, todo ante mis ojos; pero lo que no te mata te hace más fuerte, yo que me mareo si te levantas una tirita, me mantuve allí sentadita con mi mochilita al lado esperando a que me atendieran como si eso no estuviera ocurriendo a mi alrededor, y después de la larga espera y el exquisito trato recibido, llegó la buena noticia de que todo estaba bien.

Al día siguiente, descansada y más tranquila, me fui para El Nido, allí me encontraría al día siguiente con mis amigos y siiiiiii, iba a comer lomo y jamón después de 7 meses. 

La primera impresión fue muy buena, El Nido es un rinconcito de ensueño, aunque por desgracia está muy muy masificado…

Allí tienes cuatro circuitos para hacer en barco, nosotros hicimos dos unidos haciendo una noche de camping en una playa, sin duda la experiencia más bonita que me llevo del país y otro con un barquito privado con unos pescadores, que hicieron con muchísimo gusto, tanto el trato, como las comidas como las horas de llegar a las playas, llegando incluso a ver el atardecer en una playa idílica nosotros solos. Amaneceres y atardeceres que siempre recordaré.

Pero la magia se rompia cada amanecer al ver que no mejoraba de lo mío. Ahí ya empecé a preocuparme y volví a ir a urgencias en El Nido. Allí de nuevo el trato fue exquisito, pero las  noticias no tan buenas. Después de hacerme una analítica, salió que tenía algo de infección y aunque la doctora después de recetarme una tonelada de pastillas me dijo que no me preocupara, el diagnóstico era infección tuberculosa y posible bronquiectasia…¡como para no preocuparse!. Menos mal que tuve la suerte de estar acompañada esos días, y entre bromas y amigos las cosas se llevan mucho mejor. 

El Nido….la procesión iba por dentro 🙂
Amanecer en el hotel de un millón de estrellas en El Nido
Island Hopping El Nido

Después de pasar unos días de ensueño, salimos hacia explorar nuestra próxima isla Panglao, famosa por sus condiciones para el buceo y suelo submarino . Para llegar a ella, volamos hasta Cebú, desde allí cogimos un ferry hasta Bohol y un taxi hasta Panglao. El alojamiento lo teníamos en Alona Beach, una playa superturística, bonita, pero no unas de esas playas que no te vayas a quitar jamás de la cabeza, y el fondo marino, por desgracia no lo pude conocer, ya que seguía con el tratamiento y mi dolencia sin diagnóstico cierto, así que mientras mis amigos buceaban yo descansaba a la sombra de una palmera.

Otro de los días nos pillamos una moto y nos fuimos a conocer las famosas Colinas de Chocolate, una formación geológica de más de 1.200 conos en formas de colinas repartidas por más de 50 kilómetros cubiertos de hierba verde que se vuelven marrón durante la temporada seca, de ahí su nombre  y a visitar el Santuario de los Tarseros, el mamífero con los ojos más grandes del mundo en relación al tamaño de su cabeza, un pequeño primate de no más de 15 centímetros que había en las selvas subtropicales de Filipinas. 

Alona Beach
Colinas de Chocolate

 

Tarsero Filipino

Y para completar una buen viaje de playeo, nos fuimos a Siargao a coger olitas, en busca de la famosa Cloud 9, otra de las cosas que me perdí, no es una ola para novatos como yo, y seguía sin recuperarme, aunque algún chapuzón con la tabla me di. Siargao sin duda fue para mi fue el Paraíso filipino, es la una isla con unas playas espectaculares, mucho menos masificada , con un island hooping barato y espectacular, en el que vas al mercado a comprar el pescadito que luego te preparan, a la parrilla y en ceviche,  y con ese rollito que los que cabalgan olas le saben dar. Sin duda un broche de oro a este viajecito, que aunque no pude disfrutar al 100 %, me dejó imágenes imborrables en mi retina y momentos como los que sólo los amigos te pueden dar.

Cloud 9
Daku Island

 

Esto pasó hace más de seis meses, después de que mis amigos se marcharan me fui a Singapur. Allí visité otra clínica para que me volvieran a revisar, y el diagnóstico fue un pequeño barotrauma nasal a causa de la última inmersión en Corón. Me recetaron antiestamínicos y “seguir disfrutando de mi viaje” , así que para celebrarlo me fui a Tioman, un pequeña pero encantadora isla en el Sureste de Malasia, para bucear y sacarme el Advanced Open water diver.

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