Camboya, The Kingdom of Wonder


Elegí Camboya como primer destino, dentro de esta aventura de recorrer el sudeste asiático sin ningún tipo de preparativo,  porque sólo tenía 16 días , ya que me tenía que reunir con una amiga que venía de España en Singapur para viajar juntas por Malasia e Indonesia. Buscando vuelos económicos y con conexiones fáciles para llegar a Singapur elegí Camboya, por casualidad. Era un país que no me atraía demasiado, salvo por los Templos de Angkor…pero sólo buscaba un vuelo económico y un país no demasiado extenso para que me diera tiempo de visitarlo en sólo dos semanas. Error, Camboya a pesar de no ser uno de los países más grandes del sudeste asiático te ofrece muchísimas opciones para que encuentres lo que vayas buscando: naturaleza, ciudades más o menos grandes y turísticas, playas…y los traslados no son demasiado fáciles, el trazado de carreteras es precario y las distancias se multiplican por cinco por el estado de las mismas, aún así hay una amplia oferta de transportes para moverte por el país.

Mi vuelo, después de casi 30 horas de viaje, llegó a Siem Reap. Y lo único que había organizado desde España lo hice mal…llegué muerta al aeropuerto y cuando estoy rellenado los papeles para cruzar la frontera, me doy cuenta de que tenía el alojamiento en Phnom Penh, a 300 km de donde estaba. Así que pagué mi visado, recogí mi mochila y pillé un tuk tuk para que me llevara a algún hostel y poder descansar. Y descansé como si fuera mi propia casa…. Al  otro día me cambié porque se me iba de precio y no era ninguna maravilla, y por suerte encontré el mejor hostel de la ciudad.

Descansada, y con muchas ganas de empezar a descubrir la ciudad, comencé a caminar, con un montón de sensaciones que se iban superponiendo…subidón , bajón, de nuevo arriba…ahora abajo…. Pero en un par de horas estaba convencida de que el país me iba a encantar y la experiencia iba a ser increíble, y así ha sido.

El segundo día, con el cuerpo y la mente ya a punto, me alquilé una bici y me fui a visitar los Templos de Angkor. En la taquilla coincidí con dos chicas belgas que también iban en bici, y continuamos hacia el complejo juntas, visitamos los templos juntas y juntas hemos seguido durante las dos semanas siguientes hasta que nos tuvimos que separar; una de ellas volvía al curro, otra viajaba hacia Tailandia y a mí me esperaba mi amiga en Singapur.

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Siem Reap es una ciudad pequeñita, a mí personalmente me gustó bastante, y sus habitantes me encantaron , y además es la base para visitar los templos, una verdadera maravilla. Nosotras estuvimos tres días visitándolos y podríamos haber pasado allí un mes. Cada templo te sorprende por el  enclave, la majestuosidad de la construcción, y sin duda el traslado entre templos es un regalo para los sentidos, atravesar pequeñas poblaciones en plena naturaleza mientras observas la vida de su gente, que siempre te sonríe y te saluda con un eufórico “allo”. Una buena opción es visitar los Templos de Roulos, y de camino visitar Kompong Pluk, uno de los pueblos flotantes,   y atravesar en canoa su bosque anegado.

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Desde Siemp Reap nos fuimos a Batmay Chhman, a hacer homestay con una familia maravillosa. La experiencia ya os la conté en un post anterior.  Y desde allí salimos hacia Battambang, conocida por su arquitectura del periodo colonial francés.  Uno de los atractivos de la ciudad es el Tren de Bambú. El tren consiste en unas pequeñas estructuras de madera sobre unas especies de mancuernas. Actualmente se mueve con la ayuda de un sencillo motor, pero antiguamente se movía impulsándolo con una caña de bambú. Hoy en día es un atractivo turístico, pero merece la pena, por el paisaje y lo anecdótico que resulta encontrarte con otro vagón de frente, ya que sólo hay una vía, y tener que bajarte y desmontar el vagón para que el otro pueda continuar. Otra de las actividades recomendables es asistir al circo Phare Ponley Selpak, reconocido internacionalmente. Es una escuela en la que chicos de la calle entrenan para hacer un espectáculo muy digno, con un atrezzo mínimo realizado con bambú. Realmente merece la pena, tanto por la actuación de lo chicos como por la música en directo que ameniza la función.

Desde allí  volvimos a pillar un autobús, y ahora sí, el destino era Phnom Penh. Como la capital que es, es una ciudad mucho más grande y caótica, repleta de turistas y con una oferta mucho más amplia dirigida a los occidentales, y por consiguiente menos auténtica, aunque hay visitas obligadas como el Palacio Real,  o el Museo del Genocidio de Toul Sleng y los campos del Genocidio de Choueng Ek, en los que te puedes hacer una pequeña idea de la masacre que sufrió el país durante la Kampuchea Democrática bajo el mandato de los Jemeres Rojos,  país que aún se está recuperando de los años de guerra y exterminio, aunque siempre llevan una sonrisa en su cara.

Desde allí, de nuevo minibús y para Kampot. Kampot es uno de esos sitios que te enamoran, es un pueblecito pequeño, atravesado por un río, en el que hay varios bares flotantes a la vez que un montón de barecitos con muchísimo encanto por la ribera y callecitas aledañas. Es uno de esos lugares en los que no sabes por qué, pero podrías pasar allí un montón de días.

Después de pasar dos maravillosos días allí,  salimos con destino a Sihanukville para coger el ferry hacia Koh Rong. Había escuchado de todo a cerca de esta isla, pero sentía verdadera necesidad de ver y bañarme en el mar, así que sabía que mi viaje terminaría allí. Cogimos una cabañita en Long Set Beach, y la verdad es que fue todo un acierto. La isla tiene fama de no estar limpia y ser un destino fiestero, pero si te vas a cualquier playa un poco más alejada es el paraíso, y para colmo tuvimos la oportunidad de darnos un bañito nocturno y ver el plactom fluorescente, otro de esos maravillosos regalos que te da la madre tierra. Si os soy sincera,  no es tan espectacular como aparece en las fotos que había visto en internet, supongo que depende de varios factores climáticos, pero aún así la experiencia es espectacular, bañarte por la noche,con el agua calentita en un paraíso como éste y ver destellos en el mar…

Sin duda un fin de fiesta que nunca olvidaré, especialmente la última mañana sentada en la terraza de la cabaña, mientras esperaba a que el barco viniera a por mi para llevarme al puerto, escuchando Canción Sefardí de Radio Tarifa, con estas vistas…. (que por cierto descubrí gracias a una de las chicas belgas. Gracias Sarah!).

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